Crianza y trazabilidad salvarán a la totoaba

Por Viko Rodríguez /Corresponsal en Baja California
victor.rodriguez@oceanroom.mx

En la mirada del pescador Javier Valverde queda el reflejo de las mareas, ese rítmico vaivén del Alto Golfo de California. Hace tiempo que su panga está en tierra, inmóvil, alejada del mar. Todavía más lejana es la época en que solía pescar totoaba, cuando era legal.

“Afuerita del Cerro El Machorro, fondeaba. Tiraba la piola y sacaba de 4 a 6 totoabas de buen tamaño en un ratito. No necesitaba más. Regresaba con las presas a casa y todos comíamos. Fueron muy buenos tiempos aquellos, tiempos de la totoaba libre”, recuerda Javier Valverde.

Javier y su familia viven en el puerto de San Felipe de Jesús, una comunidad asentada en el litoral del Golfo de California con un fuerte arraigo a la pesca. El pueblo se fundó en 1925, como campo pesquero para la explotación de la totoaba, tiburón, cabaicucho y camarón. Los lugareños culpan que el actual declive económico de la comunidad podría estar relacionado, junto a otras problemáticas sociales, con la veda de este pez endémico del Alto Golfo de California.

Javier recuerda que cada temporada de pesca era más difícil encontrar cardúmenes. “Se dejaron de respetar las vedas y los barcos salían a pescar los machorros (juveniles de totoaba) y depredaban. Tendían las redes en su paso al norte, en la zona de desove y levantaban todo”.

La totoaba (totoaba macdonaldi) llamada también corvina blanca, vive exclusivamente en las cálidas aguas del Golfo de California; un ejemplar puede llegar a medir hasta 2 metros de longitud y alcanzar un peso de 100 kilogramos.

Gracias a la pesquería de la totoaba nacieron tres comunidades al noroeste de México: Golfo de Santa Clara y Puerto Peñasco en Sonora, y San Felipe en Baja California.

La comunidad china valora a la totoaba por su vejiga natatoria, también conocida como buche, y le atribuyen propiedades medicinales y afrodisiacas; por otro lado, están los consumidores norteamericanos que aprecian su carne. Esta dupla de mercados detonó una época de bonanza en la región a mediados del siglo XX.

Las continuas temporadas de actividad pesquera, la flaca regulación y una laxa vigilancia, detonaron a una sobreexplotación que impactó severamente a la población de la especie. Esto trajo como consecuencia la veda indefinida a la pesca de totoaba decretada en 1975.

El pez fue incluido como especie en peligro en el Apéndice I de la Convención Internacional del Comercio de Especies Silvestres (CITES) en 1976 e inscrito por el gobierno mexicano como especie en peligro de extinción bajo la NOM-059.

Pese a la veda permanente de la totoaba, los múltiples estudios científicos, las advertencias de la sociedad civil nacional e internacional, los operativos de vigilancia, su pronóstico de existencia aún es reservado; la pesca furtiva es indómita y no hay quien la frene.

Las 7 hembras y 4 machos

Desde la oficina del Dr. Conal David True se observa el océano Pacífico y desde ahí augura una esperanza para la totoaba.

La apuesta del Dr. True es un programa de reproducción y crianza de totoaba en cautiverio, hasta el momento ha logrado avances prometedores para esta especie.

Su laboratorio es albergado por la Unidad de Biotecnología en Piscicultura de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) en Ensenada. Ahí existen estanques de la Unidad de Manejo Ambiental (UMA) que están dedicados a una sola especie: la totoaba.  

“Las primeras totoabas que obtuvimos, a inicios de los noventa, se mantuvieron vivas dentro unas instalaciones muy básicas. Gracias al pescador Javier Valverde logramos capturar a los primeros reproductores. Así fue como inició este programa de totoaba hasta llegar a donde estamos ahora”, explica el Dr. Conal True en exclusiva para OceanRoom.

El equipo de investigadores, conformado por Conal True, Antonio Silva Loera y el profesor Norberto Castro Castro, inició oficialmente con 11 especímenes de totoaba; 7 hembras y 4 machos. Después del primer desove controlado, el crecimiento del proyecto ha sido exponencial.

En 1998 trabajaban en un laboratorio cuya capacidad probada de reproducción era de 50 mil alevines. Hoy, las instalaciones del programa, con una inversión de 86 millones de pesos, cuentan con una capacidad tecnológica para respaldar un ciclo de reproducción anual de la especie, lo cual permitiría un volumen de hasta 1 millón de alevines al año.

Gracias al éxito del programa de reproducción, han cumplido uno de los objetivos clave del proyecto: la liberación de crías para el repoblamiento en su hábitat natural y evitar con ello la extinción de la especie. Desde 1996 a la fecha, han llevado a cabo 15 eventos de liberación de alevines de totoaba en el Golfo de California donde, según los registros del Dr. Conal True, han soltado poco más de 126 mil peces al mar.

Si bien los avances parecen exitosos, el propio Conal reconoce que todavía hay retos por superar. La pandemia y la crisis económica tiene en pausa el progreso de las instalaciones que se encuentran a un 80% de su capacidad.

Su ideal es convertir el proyecto en un modelo sustentable que permita mantener un volumen de reproducción que surta a las misiones de repoblamiento y dedicar otro tanto a la venta para granjas acuícolas de engorda en el Golfo de California.

Trazabilidad revolucionaria

Junto con el genetista, el Dr. Luis Enriquez, diseñaron una metodología de trazabilidad revolucionaria.

“Un chef puede servir un filete de pescado de totoaba comprado a granjas legales en La Paz o San Felipe y, en caso de que un cliente solicite información sobre la legalidad del producto, se muestra la factura que permite rastrear su origen legal.

“Si esto no disipa la duda, con un análisis genético es posible saber si el pez es salvaje o de granja. Es trazabilidad genética de totoaba, la etiqueta es el ADN del organismo”, explica el Dr. Conal.

Gracias al trabajo de investigación del Dr. Conal True y de su equipo, la totoaba como especie podría no sólo quedar a salvo de la extinción, sino que su aprovechamiento mediante granjas de acuacultura podría inyectar oxígeno a la deteriorada economía de las comunidades ribereñas del Alto Golfo de California, y en una de esas, permitiría a Javier Valverde vivir de nuevo de la totoaba, pero ahora como dueño de su propia granja.